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conferencista Cristiano

Conferencista en vida Cristiana

Agradecimiento que Nace del Alma

Bendice alma mía a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios.

—Salmo 103.2


Dios quiere darte el don de poder disfrutar de todo lo que tienes en las manos. La felicidad verdadera consiste en la bendición de disfrutar lo que Dios nos regala, sea mucho o sea poco.

Si todavía estás esperando ese «algo» adicional para ser feliz, quiero decirte que nunca lo serás. Realmente no hay nada que Dios pueda añadir a tu vida que te vaya a hacer feliz. Si eres de las personas que dice «el día que cambie esto o aquello voy a ser feliz» nunca lo serás. La felicidad nace del alma.

Si eres una persona soltera y piensas que el día que te cases serás feliz, nunca lo vas a ser. A decir verdad, no te puedes casar ni para ser feliz ni para hacer feliz a nadie. Si manejas un auto último modelo, dale gracias a Dios; pero si no es así, también sé agradecido y disfruta el que tienes.

La amargura en el corazón se origina a raíz de todas las quejas por lo que crees que mereces y que no tienes. Este sentimiento que carcome el alma tiene su origen en la ingratitud. Y el antídoto contra la amargura es un corazón agradecido.

Meditaba en esto el otro día y me vino a la mente la forma en que reaccionan los niños ante un regalo. ¿Te ha pasado como a mí? Haces el esfuerzo para comprarle el regalo lindo que sale en la televisión, inviertes una buena cantidad de plata; entonces, cuando ellos lo abren, terminan jugando con la envoltura. Desde pequeños, los chicos desean tener cosas materiales, y por eso una de las primeras palabras que aprenden es «mío». Cuando un niño recibe muchos regalos estos pierden valor para ellos. A veces son tantos que se olvidan de dar gracias por lo que recibieron. Si le pones diez regalos en frente a un niño, te va a preguntar por el número once.

Lo mismo nos ocurre con todas las bendiciones que hemos recibido del Señor. Aun cuando nos pone diez regalos de frente, siempre queremos el número once (¡y claro, ese no es el que nos toca!) Hemos recibido tantos regalos del cielo, que después de abrirlos, los dejamos tirados. Jugamos sólo con la envoltura. Después de ver lo que tiene la caja adentro, nos antojamos del que aparece en la pantalla de nuestro nuevo televisor, o queremos el que tiene el vecino.

En una connotación mucho más seria, esto es también lo que ocurre con el adulterio. Dios te da al hombre o a la mujer que te atrajo, te entrega a esa pareja en el altar... pero ahora se te antoja otra.

Dios nos ha bendecido tanto que hemos perdido de vista el valor de esas bendiciones. No nos percatamos que son regalos. Que todo es un regalo. Cada día de vida es un regalo que tu Dios te presenta envuelto en bellos amaneceres y atardeceres. ¿Cuántas veces nos levantamos y ni siquiera nos acordamos de dar gracias? Es más, lo primero que hacemos es quejarnos. La Biblia dice que Dios te ha regalado la lluvia del cielo. Pero si amanece lloviendo nos quejamos por la incomodidad momentánea que puede causarnos. Ahora bien, si dejara de llover por un largo periodo de tiempo, entonces sin duda alguna comenzarías a clamar a Dios por agua del cielo. ¿Puedes verlo? La diferencia está en la actitud del corazón.

Si pensamos con detenimiento, y evaluamos la balanza de nuestra vida, sin duda notaremos que se inclina más hacia el lado de «cosas buenas» que de «cosas malas». Piénsalo bien. Simplemente con demasiada frecuencia lo olvidamos. Por eso David dijo: «Bendice alma mía a Jehová y no olvides ninguno de sus beneficios» (Salmo 103.2) A veces nos resulta más fácil olvidar un beneficio de Dios que un mal pasado. Hay gente que lleva quince años quejándose del mal que vivieron, pero no agradece la bendición de hoy... la que tienen de frente, la que se esconde en la alacena, la que cobija sus cabezas, la que disfrutan los hijos, la que reciben por su trabajo. En fin, todo lo que damos por sentado en nuestras vidas.

Y si acaso crees que tu vida es tan dura que no tienes razón para dar gracias, hoy quiero recordarte una que debe ser suficiente para que vivas feliz el resto de tu vida: ¡Jesús murió en la cruz para perdonar tus pecados! Este es realmente el único regalo que necesitas para ser feliz y para que nazca en ti un agradecimiento profundo y sincero todos los días de tu vida.

Esta dádiva maravillosa significa que tu destino no es el infierno, ¡es el cielo! Si alguna vez te cruza la mente una duda sobre el amor de tu Padre celestial, sólo necesitas alzar la vista y admirar la cruz de Jesús. Ahí encontrarás la única prueba de amor que buscas.

Sin embargo, vivimos tan a la prisa que damos por sentado que nuestro nombre está escrito en el Libro de la Vida y hasta por eso nos olvidamos de dar gracias. Y, claro, esto nos pasa a todos en algún momento. Le pasó a David también. Por eso le repetía a su alma: «Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios. Él es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias; el que rescata del hoyo tu vida, el que te corona de favores y misericordias; el que sacia de bien tu boca de modo que te rejuvenezcas como el águila» (Salmo 103.2-5). Háblale de la misma manera a tu alma. Recuérdale lo mismo a tu corazón. Así se acostumbrará a recordar lo bueno, y a ser agradecido en todo.

Santiago 4.13-17 nos dice: «¡Vamos ahora! los que decís: Hoy y mañana iremos a tal ciudad, y estaremos allá un año, y traficaremos, y ganaremos; cuando no sabéis lo que será mañana. Porque, ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece. En lugar de lo cual deberíais decir: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello. Pero ahora os jactáis en vuestras soberbias. Toda jactancia semejante es mala; y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado».

El apóstol Santiago dice que aquellos que afirman que van a hacer negocios y que van a ganar dinero, son jactanciosos. Sin embargo, la jactancia no consiste en decir «vamos a hacer negocios y a ganar dinero». La jactancia no consiste en planificar ni consiste en la productividad de ganar dinero. La jactancia consistía en dar por hecho que iban a vivir el día de mañana. Por esto este pasaje nos recuerda que la vida es una neblina y que lo que debemos decir es: «Si Dios me regala el día de mañana, entonces voy a hacer...». Ellos daban por sentado que Dios tenía que darles la vida y por lo tanto habían dejado de apreciarla. De aquí viene la corrección y también la malinterpretación frecuente de la expresión «si Dios quiere» o «si es la voluntad de Dios”. Dios da el día, pero tú y yo tenemos que trabajar en ese día. La Palabra dice: «Este es el día que hizo Jehová; nos gozaremos y alegraremos en él» (Salmo 118.24). Dios da el día, y tú y yo ponemos la alegría.

Cada día que vivimos es un regalo de Dios. ¿Qué haces con ese día? ¿Con ese regalo? Con frecuencia decimos «si Dios quiere» para expresar lo incierto de lo que vamos a hacer. Por ejemplo, te preguntan si te vas a graduar de la universidad. Y respondes: «Si Dios quiere». ¿Sabes qué? ¡Dios sí quiere que te gradúes! El asunto es si vas a estudiar o no para graduarte. Es como si hubiéramos delegado al misticismo de Dios el hacer todas las cosas. Creemos que Él debe hacerlo todo por nosotros. Tengo noticias... Dios te da el día, la lluvia del cielo, pero somos tú y yo quienes tenemos que labrar la tierra, sembrar la semilla, abonar, cosechar y guardar el fruto en el granero. Dios abre el cielo para bendecirte pero eres tú quien debe recoger la cosecha de cada semilla puesta en el altar.

Este pasaje en Santiago (v.17) termina diciendo: «Y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado». Lo que quiere decir es que si reconoces que Dios te regala cada día, tu respuesta debe ser «hacer lo bueno». Debes hacer con este tiempo lo mejor que puedas. Según el texto bíblico, hay dos pecados de los que debemos cuidarnos: (1) no agradecer cada día que Dios te da y (2) no hacer lo mejor que puedes con ese día, aun cuando lo agradezcas.

Si Dios te ha dado una familia, sé el mejor padre o la mejor madre que puedas ser. Si estás casado, sé el mejor esposo o la mejor esposa que puedas ser. No te quedes con nada dentro de ti. Si eres hijo o hija, sé el mejor que puedas, porque si sabes hacer lo bueno y no lo haces, es pecado. Si Dios te ha dado la capacidad de sacar un noventa en tus estudios pero por perezoso sacas setenta —aunque ganes— es pecado. Si Dios te ha dado la capacidad de ser un gran ejecutivo pero por rebeldía no lo eres —aunque saques la tarea— es pecado. Si Dios te ha dado el talento para ser un gran deportista o artista pero por negligente no te preparas —aunque seas el más talentoso— esa negligencia te cuenta como pecado. Sé el mejor líder, el mejor empresario, sé el mejor ciudadano. Si hay algo que sabes hacer bien y no lo has hecho, arrepiéntete y reconoce que todo lo que tienes viene de Dios.

Mira a tu alrededor y contempla todas tus razones para dar gracias. Deja que tu alma se deleite en sus bendiciones. Recuérdale a tu corazón cada uno de los beneficios que disfruta. Te aseguro que te hará mucho bien y dibujarás una sonrisa en el rostro de tu Creador.

DoctorEdwinLemuel