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conferencista Cristiano

Conferencista en vida Cristiana

CUANDO LO FISICO SE ANTEPONE AL AMOR

Si quieres disfrutar del amor, disfrútalo con tu esposa. ¡Guarda tu amor sólo para ella! ¡No se lo des a ninguna otra! No compartas con nadie el gozo de tu matrimonio. ¡Bendita sea tu esposa!, ¡la novia de tu juventud! Es como una linda venadita; deja que su amor y sus caricias te hagan siempre feliz.

—Proverbios 5.15-19 (BLA)


En los días que vivimos, no cabe duda que la apariencia física se percibe como un factor muy importante en nuestra sociedad. Es posible que hayas escuchado que estás pasadito o pasadita de peso. En casos aún más serios, hay gente que ha perdido su matrimonio o una relación especial a causa de estar gordita, gordito, calvo, por no tener las medidas de Jennifer Lopez o la apariencia de Brat Pitt. Y ciertamente esta es una realidad dolorosa para quienes la viven.

Hace poco me visitó en mi consulta mi amigo Ricardo. Conocí a Ricardo en mi país, cuando ambos éramos estudiantes. En el proceso de nuestra amistad ha tenido que pasar por bastantes aprietos simplemente porque a veces no sabe apreciar las bendiciones que Dios le ha dado.

Ricardo y Migdalia fueron novios por cuatro años en la universidad. Luego se casaron y tenían una relación muy estable y dos hijos preciosos. La última vez que compartí con ellos —hace como unos seis meses— me di cuenta que algo estaba pasando entre ellos pues los noté distanciados. Sobre todo a Ricardo. De hecho, durante la visita noté que estaba «texteando» muchísimo desde su celular y en una ocasión, se separó del grupo por más de cuarenta y cinco minutos para hablar por teléfono, de forma muy inusual.

Por la experiencia que se adquiere luego de tratar a muchas parejas, pensé de inmediato que algo «raro» estaba ocurriendo. Sin embargo, también trataba de callar mis sospechas pues Don Ricardo siempre había sido muy respetuoso con Migdalia.

Mi esposa y yo esperamos hasta estar a solas con él y le pregunté qué pasaba. Su contestación me dejó de una pieza.

«¡No has visto cómo ha engordado Migdalia! No se parece en nada a la mujer de la que me enamoré. Todo el mundo me lo dice», me dijo.

¡Quedé en completo shock! Mi esposa, sin embargo, reaccionó inmediatamente. Sin pelos en la lengua, le soltó la pregunta que siempre haces a quienes usan estas excusas humillantes, poco creativas y torpes: «¿Y cómo es la otra?»

Tanto Ricardo como yo nos quedamos en silencio pues la pregunta de mi esposa había sido demoledora. Había dado justo en el clavo.

Recobrando la iniciativa, le pregunté a mi amigo Ricardo: «¿Cómo? ¿Qué estás diciendo? ¿Acaso no te has mirado en el espejo recientemente?», casi le grité. A esto me contestó: «Pero yo soy hombre».

Para hacer la historia larga, corta, hace poco nos enteramos que fue con su excusa barata donde Migdalia, su esposa y le dijo: «¿Sabes? Ya no siento lo mismo por ti. Te has descuidado. Estás gorda. Ya no eres la mujer de quien me enamoré y con la que me casé. Lo siento».

¿Saben que pasó? Doña Migdalia, con sus pies muy bien plantados en la tierra, lo acaba de despedir. Y Don Ricardo ahora está sin consuelo. De repente ha descubierto que no puede vivir sin su «gordita». Pero tal vez ya es muy tarde.

El muy necio me contó que le dijo a Migdalia que no quería seguir con ella porque aunque era una buena mujer y una profesional, a él le molestaban las libras que tenía de más. Ahora ella cambió el número de celular, no le contesta sus correos, le bloqueó el Facebook y no lo quiere ver ni en pintura. Y, por su supuesto, antes de eso le dio una merecida cátedra a Ricardo de lo que es el amor y el respeto en una relación.

A ti mi amigo y mi amiga que me escuchas... es necesario que recordemos continuamente lo que la Biblia nos dice en Proverbios 18.22 (BLA): «Si ya tienes esposa, ya tienes lo mejor: ¡Dios te ha demostrado su amor!»

En Proverbios 5.15-19 (BLA) también nos recuerda: «Si quieres disfrutar del amor, disfrútalo con tu esposa. ¡Guarda tu amor sólo para ella! ¡No se lo des a ninguna otra! No compartas con nadie el gozo de tu matrimonio. ¡Bendita sea tu esposa!, ¡la novia de tu juventud! Es como una linda venadita; deja que su amor y sus caricias te hagan siempre feliz».

En estos momentos, mi amigo Ricardo se ha dado cuenta que Migdalia es la mujer de su vida. Ahora anda, contándole a todo aquel que encuentra en su paso lo desdichado que es por haber cometido semejante torpeza.

Migdalia, quien me autorizó a contar su historia, siempre ha sido una mujer muy dulce y encantadora, y me dijo mientras tomábamos un café: «No tengo ninguna intención de regresar con Ricardo. La herida que me causó fue demasiado profunda. Un hombre que no tiene la valentía para compartir con su pareja lo que le disgusta, merece estar solo. Jamás le daría una oportunidad a un ser que prefiere la apariencia física sobre el amor. No me voy a meter a un gimnasio, ni a una sola dieta para satisfacer y alimentar las inseguridades de otro».

¿Y sabes algo? Aunque a través de la consejería estamos tratando de ayudar a Migdalia para que esto no se convierta en una raíz de amargura y rencor en su corazón, creo que ella tiene su punto muy claro: No hay razón para que estemos cambiando de imagen sólo por complacer a los demás. Que si pelo corto, que si largo, que si rubia, que si pelirroja, que si talla 5, que si senos grandes…

Debemos querernos tal y como somos. Tal como Dios nos creó. El cambio que hagas en tu apariencia, lo decides tú. Punto.

¿Te han pedido que cambies tu apariencia? Escríbeme y cuéntame tu historia.

DoctorEdwinLemuel